Donaciones de cerebros y la investigación en el autismo: lo bueno, lo malo y lo feo

Durante los últimos meses he tenido una agenda de viajes bastante agitada que me ha hecho pasar una cantidad significativa de tiempo ya sea en el aeropuerto o en un avión. En estas ocasiones, de vez en cuando me siento al lado de un extraño que me pregunta como me gano la vida. Por lo general respondo que soy un neurólogo y neuropatólogo y casi de inmediato me piden que expanda en mis oficios de diario. Como profesional de la medicina he tenido muchas experiencias interesantes que pudieran convertirse en historias, y aunque de interés para mí, posiblemente pudieran repeler a individuos más sensibles. Por lo tanto, reservo esas historias “interesantes” para mí mismo y le digo al viajero interesado que hago investigaciones sobre el autismo. Como cuestión de hecho, mi laboratorio, ha liderado el campo en lo que respecta a la investigación con tejidos post-mortem en los trastornos del espectro autista.

Me gusta investigar como funciona el cerebro. Para esta carrera me tuve que preparar durante muchos años. Obtuve mi certificación en neurología y luego proseguí becas en neuropatología en la Universidad Johns Hopkins primero como médico y luego como investigador. Finalmente he practicado como neuropatólogo consultor en varios hospitales e instituciones y, finalmente, como un médico forense, tanto en Maryland como en Washington, DC. Después de todos estos años el cerebro sigue siendo para mí un órgano de interés singular.
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El cerebro define nuestra personalidad, así como todas sus funciones cognitivas superiores (por ejemplo, el habla, la memoria). Nuestra capacidad para movernos, hablar y experimentar emociones, todas dependen de la función del cerebro. Aunque la naturaleza ha tratado de proteger al cerebro dándole una caja ósea (cráneo) y aislándolo de la sangre (barrera hematoencefálica) muchas cosas pueden aun dañar el cerebro; piense en tumores, traumatismo, accidentes cerebrovasculares e infecciones -sólo para nombrar unos pocos. Al contrario de otras condiciones sistémicas, tratamientos para enfermedades que afectan el cerebro son pocas. Una vez que se ha producido daño a una parte del cerebro sus opciones de tratamiento son limitadas. La diálisis puede actuar como un riñón artificial cuando este órgano recibe algún tipo de daño. Aunque se está avanzando en el campo de la neuroprótesis, actualmente no hay tal cosa como un cerebro artificial (para los interesados por favor lean el interesante debate y la creciente controversia sobre la investigación europea en las neurociencias basadas en el modelaje del cerebro http:/ / t.co/ku6J3bnoSK).

Si hay un problema orgánico en el autismo, el mismo debe de tener su origen en el cerebro. El establecimiento de los mecanismos implicados en esta condición es una de nuestras principales preocupaciones. Los estudios post mortem no simplemente examinan el cerebro en busca de anormalidades celulares, también ayudan a establecer correlaciones clínicas. Ellos nos dan la capacidad para explicar el por qué de algunos síntomas y el poder predecir cosas que desconocíamos. A manera de ejemplo, después de haber descrito nuestros hallazgos iniciales sobre anormalidades en la corteza cerebral de individuos autistas, las llamadas minicolumnopatias, publique par de artículos describiendo el significado de la misma. En el primer artículo, describí cómo nuestros hallazgos podrían ayudar a explicar problemas sensoriales y convulsiones en TEA. También extrapole que estos pacientes tendrían una anormalidad en su plan de conectividad corticocortical y en su capacidad de conectar diferentes áreas de la corteza con señales de alta frecuencia. Más adelante extendí nuestra explicación de los fenómenos sensoriales con el fin de introducir el concepto de un desequilibrio excitatorio/inhibitorio en el cerebro de las personas autistas. En los años siguientes, muchos estudios han demostrado como correctas nuestras predicciones (ver blog anterior: http://bit.ly/1nvnJq0).

Hay una buena cantidad de investigación post-mortem en el autismo. El principal problema, como yo lo veo, es que la calidad de la misma es subóptima y que la gran variedad de conclusiones provee una literatura confusa con hallazgos apuntando en todas las direcciones. Los investigadores trabajan en silos y al parecer están empeñados en la defensa de sus propios intereses. El problema en la investigación postmortem no es que no hay suficientes cerebros para hacer una investigación adecuada; más bien, es que la investigación adecuada no se está haciendo.

Afirmar que no hay suficientes cerebros o material de autopsia para hacer la investigación es ver sólo la punta del iceberg. Es cierto que, por desgracia, hay una grave escasez de cerebros disponibles para la investigación en el autismo. Este problema se pudiera abordar de varias maneras diferentes, pudiéramos tratar de: 1) aliviar el problema al aumentar el número de cerebros que son donados, 2) limitar el número de investigadores que utilizan las muestras a aquellos individuos que están verdaderamente calificados, 3) mejor manejo del tejido disponible (ver mi blog anterior sobre el fiasco de bancos de cerebros y el autismo: http://bit.ly/1tFh2EM), y 4) mejorar la calidad de las muestras.
En la actualidad, la desafortunada circunstancia es que es una porción significativa de la investigación postmortem en el autismo se lleva a cabo por personas poco calificados para realizar los mismo. Muchos investigadores tienen, a lo sumo, un grado en anatomía pero no tienen experiencia en el campo de la neuropatología. Lo mismo ocurre con aquellos encargados en establecer nuestras iniciativas a nivel nacional. Muchas de estas personas nunca han trabajado en la sala de autopsias y en algunos casos ni siquiera han trabajado con material humano. En este sentido, muchos de los que realizan la investigación postmortem, así como los asignados para administrar bancos de cerebros son igualmente mal preparados o calificados.

Un error importante del Comité de Coordinación Interinstitucional del Autismo es su falta de experiencia en la investigación postmortem y la insistencia en confiar en un viejo club de amistades dentro del NIH. Para la mayoría de neuropatólogos la falta de pericia por parte del Comité de Coordinación Interagencial era, y sigue siendo, un motivo de preocupación.

Dada la falta de experiencia en el área de la investigación post-mortem, yo esperaba que la Comisión Interinstitucional se dedicara a recopilar información de fuentes bien informadas. Una vía adecuada hubiera sido la de estudiar la opinión de personas formadas en la neuropatología y que tuvieran experiencia práctica en los bancos de cerebros. Hasta ahora el susodicho Comité, por desgracia, se han limitado a emitir dictámenes basados en sus propios prejuicios y limitaciones. Los “expertos” del Comité Interinstitucional sólo conocen una parte de la verdad y proceden en sus deliberaciones siguiendo su consenso preexistente.

Creo que hay un sesgo evidente en el NIH sobre cómo conducir la investigación en lo que respecta al autismo. Este prejuicio proviene de las altas esferas de la administración cuyo investigadores hicieron su formación utilizando modelos animales tanto en roedores como en primates (ver http://bit.ly/1oxKhRY). Por desgracia, esta forma de pensar se ha filtrado a la investigación del autismo. Ahora, como parte de la investigación postmortem en el autismo tenemos modelos de animales basados en pescados, gusanos y moscas.

Es de sentido comun que la disponibilidad de tejidos se debe restringir a personas con experiencia adecuada. Recientemente estuve en una presentación de un póster en IMFAR 2014, donde el investigador había hecho una gran cantidad de trabajo utilizando la inmunocitoquímica. Al examinar las microfotografías le pregunté acerca de la gran cantidad de artefactos de cristales de hielo en sus muestras que eran ocasionados por una congelación lenta. El investigador no estaba consciente de este artefacto o cómo el mismo pudiera haber afectado sus resultados. Esa investigación podría haber sido re-titulada, “Tejido tirado a la basura”. Más recientemente el grupo de Courchesne difundido sus resultados con respecto a parches de la corteza donde marcadores de material genético se hallaban desorganizados en individuos con trastornos del espectro autista (ver blog anterior: http://bit.ly/1iPTQiw). El estudio fue publicado en el New England Journal of Medicine. Varias personas con experiencia en el campo criticaron ampliamente los resultados como posibles artefactos (http://bit.ly/1jiqWVT). Robert Hevner, un renombrado neuropatólogo del desarrollo del cerebro, pensó que los resultados se debían a la degradación del tejido. En efecto, las notas del programa que recolecto el tejido declaró que este era el caso.

En la actualidad nos encontramos ahogándose en un mar de resultados postmortem cuestionables (http://bit.ly/1kTc2TJ). De hecho el decir que se necesitan más cerebros para la investigación en el autismo es tener una visión miope sobre el tema. Tener más cerebros disponibles para la investigación probablemente agravaría los problemas en lugar de ayudar a resolver loa mismo. Preveo con este enfoque un crecimiento exponencial de resultados irreproducibles. Tenemos que hacer mucho, mucho, mucho más que recoger cerebros. El recoger más cerebro, es una tontería, de mal gusto e incluso de poca ética al considerar nuestra responsabilidad para quienes hacen las donaciones.

Nota: El banco de cerebros responsables de la pérdida de una parte considerable de tejido postmortem que se negó a asumir la responsabilidad personal de la pérdida, es ahora un socio principal en los esfuerzos bancarios de cerebro para recoger aún más tejido autismo: algunas cosas nunca cambian.

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