Paul Patterson: Revalorando la cotribucion genetica en el autismo

Paul Patterson fue una figura icónica en el campo del autismo. Su nombre es sinónimo a la teoria que implica una posible anormalidad de mecanismos inmunológicos en el autismo. A diferencia de otros investigadores en el campo, Paul ha sido lo que se considera un científico de datos “duros”. Él conocia tanto la literatura como la metodología.

Paul se graduó de la Universidad de Johns Hopkins en el 1970 y de allí se fue a construir su carrera académica en Caltech. En el 2005 recobio la catedra de Profesor Anne y Benjamin Biaginni de Ciencias Biológicas de Caltech. A principios de este año Paul se convirtio en Profesor Emérito de esa institución académica. Desgraciadamente Paul batallo con cáncer del cerebro y murió recientemente. Tengo a mucha honra que uno de los últimos escritos de Paul fue para un comentario de un libro del cual yo fui el editor (Imaging the Brain in Autism).

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Por Paul H. Patterson, Ph.D.

Charlas y ponencias de los genetistas que trabajan en el autismo a menudo comienzan con una variante de la frase, “el autismo es una enfermedad genética”. Mi comprensión del término “enfermedad genética” es uno que se aplica a trastornos en los que una mutación conduce invariablemente a la enfermedad, tal como en la enfermedad de Huntington. Algunos trastornos, como el síndrome de Frágil X, son de origen genetico e incluyen características de autismo, pero el fenotipo global es claramente distinto al del autismo idiopático o esporádico. También hay algunas mutaciones muy raras y copias variantes de número que causan el autismo, pero estas representan sólo una pequeña fracción de la enfermedad. Esta situación se ha denominado, “El misterio de los genes ausentes”, o “¿A dónde se fue toda la heredabilidad?”

La afirmación de que el autismo es una enfermedad genética a menudo se justifica con la declaración de que la concordancia entre gemelos monocigóticos es del 90% cuando uno de los gemelos se diagnostica con el fenotipo más amplio del trastorno del espectro autista (TEA), mientras que la concordancia entre gemelos dicigóticos es cerca de cero. Estos números se basan principalmente en estudios de gemelos de edad adulta. Sin embargo, un nuevo estudio, utilizando los estándares contemporáneos de diagnóstico (ADOS y ADI-R) reporto números diferentes. Para el autismo clásico este estudio demonstro una concordancia entre gemelos monocigóticos masculinos del 58%, y 21% para los pares dicigóticos. Para los gemelos femeninos, la concordancia fue del 60%, y 27% para los pares dicigóticos. Para TEA (incluyendo autismo, Asperger y PDD-NOS) la concordancia de gemelos varones fue del 77%, y 31% para los pares dicigóticos. Para los gemelos femeninos, la concordancia fue del 50%, y 36% para los pares dicigóticos (Königsmark y Murphy 1972). No sólo son las cifras de pares monocigóticos considerablemente más bajas que en los estudios más antiguos, pero la concordancia de pares dicigóticos es mucho mayor (valores de concordancia entre hermanos han oscilado entre el 5% al 18%). Estos valores están de acuerdo con los resultados de otro estudio doble muy grande (Hallmayer et al. 2011), que informaron una concordancia dicigóticos del 31% para los TEA. La discrepancia significativa entre el riesgo de TEA para gemelos dicigóticos lleva a la hipótesis de que el ambiente intrauterino desempeña un papel clave en el riesgo del autismo. De hecho, la evidencia reciente revela una asociación entre TEA en la descendencia y la presencia de marcadores inflamatorios en suero materno o líquido amniótico (Rosenberg et al. 2009). Por otra parte, la infección materna durante el primer trimestre aumenta el riesgo de TEA en la descendencia (Goines et al. 2011).

Otro trastorno mental que se cita a menudo como siendo altamente heredable es la esquizofrenia, y aquí también se encuentra el misterio de los genes que faltan. Por otra parte, hay asociaciones bien documentadas entre la infección materna y la esquizofrenia en la descendencia, así como las asociaciones entre los anticuerpos anti-influenza o citocinas en suero materno y mayor riesgo de esquizofrenia en la descendencia (Atladóttir et al. 2010). De hecho, una amplia labor epidemiológica ha demostrado que los tamaños del efecto de diversas infecciones maternas son considerablemente mayores que la de los genes de riesgo más estudiados para la esquizofrenia. De hecho, la suma de los riesgos para estas diversas infecciones sugiere que el 30% de los casos de esquizofrenia se podrían evitar si se eliminaran las infecciones maternas (Brown y Derkits 2009). También en apoyo de la influencia del ambiente materno-fetal, la evidencia indirecta indica que la tasa de concordancia para SZ parece ser mucho más alta para los gemelos monocoriales, que comparten una placenta, que para bicoriales, que no comparten una placenta (Brown y Derkits 2009).

Es importante tomar estos hallazgos epidemiológicos en cuenta con el fin de equilibrar con mayor precisión la importancia relativa de los genes y el medio ambiente en el autismo. Por ejemplo, exagerar la importancia de la genética tiene implicaciones para la comprensión de los orígenes del desarrollo de este trastorno. Mucho se ha hecho de los hallazgos de que los genes de riesgo sugieren la participacion de proteínas que funcionan en las sinapsis, y que el equilibrio excitador/inhibidor es importante. ¿Cómo no podría ser la sinapsis importante para la enfermedad mental? Haciendo hincapié en la genética en relación a las influencias ambientales también ha influido en la financiación de la investigación. Enormes gastos han sido (y siguen siendo) realizado en la búsqueda de los genes candidatos cada vez más difícil de alcanzar, mientras que mucho menos se gasta en la epidemiología de una variedad de factores de riesgo ambientales y las fisiopatologías subyacentes utilizando modelos animales.

¿Es simplemente sentido común que los genes y el medio ambiente (tanto el que rodea al feto y el encontrado más tarde luego de nacer) deben interactuar para producir el fenotipo (s) autista? Esto debería reflejarse en la corrección del equilibrio de los fondos para investigacion, así como el etiquetado incorrecto del autismo como un “trastorno genético”. Las estimaciones de heredabilidad basados en estudios de gemelos fuera de fecha también deben ser revisadas.

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