Los antibioticos y el microbioma en el autismo

Los antibióticos se han utilizado durante cientos de años para tratar infecciones. De hecho, hace unos dos mil años, los egipcios aplicaron pan mohoso para tratar heridas infectadas. Sin embargo, el ingrediente activo del pan mohoso, útil para combatir infecciones, no fue descubierto hasta el 1928 por Alexander Flemming. A partir de ese entonces, transcurrieron unos 14 años antes de que la penicilina se produjera en masa. La penicilina disponible comercialmente se probó inicialmente en un grupo de víctimas de quemaduras que habían recibido injertos de piel. El tratamiento resultó milagroso, ayudando a los pacientes a recuperarse de lo que habría sido una muerte muy dolorosa. Poco después, el ejército adopto su uso para sus tropas (1943). En la Segunda Guerra Mundial, la necesidad de penicilina era tan grande que durante esos años el ejército utilizó el 85% del suministro de la nación.

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Además de tratar infecciones bacterianas, los antibióticos han tenido algunos beneficios inesperados en el cuidado de la salud. Se usan en quimioterapia ya que permiten a los médicos ser más agresivos induciendo inmunosupresión en pacientes con cáncer. También se usan rutinariamente en trasplantes y como tratamiento preventivo para procedimientos quirúrgicos. Desafortunadamente, no mucho después de la introducción de los antibióticos, las bacterias comenzaron a desarrollar resistencia en contra de los mismos. Ser prescritos masivamente significaba que en muchas ocasiones se administraban de manera inadecuada; utilizando dosis y/o duración incorrectas. Además, con el uso de antibióticos ha habido una relación inversa con las enfermedades infecciosas prototípicas y una relación directa con los trastornos inmunes (por ejemplo, diabetes y asma). Cabe destacar que esta correlación entre el uso de antibióticos y los trastornos inmunes no implica causalidad. La obesidad, un factor de riesgo que conduce a la diabetes, también ha aumentado durante el período de mayor uso de antibióticos.

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Un artículo reciente de Strati et al. publicado en Microbiome 2017 proporciona evidencia de un microbioma alterado en el trastorno del espectro autista (TEA). El hallazgo es importante ya que puede conducir a posibles nuevas estrategias de intervención en el tratamiento del autismo. (Nota: Otro artículo reciente, de gran interés, afirma que la alteración de la microbiota oral diferencia a los niños con TEA de los controles. Los resultados se correlacionaron con puntajes de severidad conductual. Esto abre la posibilidad de usar pruebas de saliva como examenes de diagnóstico complementarias para TEA. Consulte la referencia de Qiao et al., 2018)

Es posible que se necesiten algunas explicaciones útiles en este momento. El término microbioma hace referencia al conjunto de microorganismos que residen en las capas superficiales y profundas de la piel, la mucosa oral, la conjuntiva y la vía gastrointestinal. Dentro del cuerpo humano hay 10 veces más células microbianas que células humanas; incluyendo bacterias, hongos y viruses. Esta relación ha demostrado ser de beneficio mutuo. El huésped proporciona un ambiente estable, temperatura y nutrientes a su microbiota. A cambio, los microbios nos proporcionan vitaminas y micronutrientes como retinol, riboflavina, ácido fólico, biotina y niacina. La microbiota también reduce nuestra sensibilidad a ciertos patógenos e influye en el metabolismo de las drogas (Swanson, 2015).

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Otro término útil para entender es la metabolómica. El término hace referencia a la caracterización a base de métodos analíticos de metabolitos generados por uno o más organismos en un contexto fisiológico y ambiental dado. La metabolómica permite una mejor comprensión de las operaciones dinámicas de las comunidades microbianas.

Volviendo al artículo de Strati (2017), hay poca eviencia que incrimine el uso de antibióticos como un factor que pudiera alterar la microbiota de las personas autistas. Aunque los relatos anecdóticos describen un aumento en el número de infecciones durante los años de la infancia, los estudios empíricos tienden a refutar este relato (Rosen et al., 2007). Además, los estudios sobre el microbioma en la población general son bastante difíciles ya que la microbiota del intestino es muy variable entre diferentes individuos y durante toda su vida. A este respecto, el microbioma de una persona no está reparado y, cuando experimenta alguna alteración, el cambio resultante varía entre personas. Puede ser que el microbioma en individuos con TEA sea diferente al de los sujetos neurotipicos; sin embargo, los cambios pueden deberse a factores dietéticos, deficiencia nutricionales (por ejemplo, hierro, magnesio) y cambios en los hábitos intestinales (ver referencias a continuación).

El uso de antibióticos temprano en la vida de un individuo con TEA necesita ser estudiado más a fondo. Los estudios disponibles son escasos y nos impiden sacar conclusiones fidedignas. Algunas observaciones relevantes para el autismo destacan la importancia de realizar más estudios:

  • Los estudios han demostrado que más pacientes con enfermedad inflamatoria intestinal (EII) pueden haber recibido una o más dispensas de antibióticos en su primer año de vida en comparación con los neurotipicos (58% vs. 39% en un estudio). Aquellos que recibieron una o más dispensación de antibióticos tenían 2,9 veces más probabilidades de sufrir enfermedad inflamatoria intestinal.
  •  Existe un vínculo entre el microbioma y la obesidad. La dieta y el ejercicio no parecen ser suficientes para controlar el peso en todas las personas. Un estudio publicado en Nature en 2006 por Turbaugh et al. tomó ratones adultos libres de gérmenes y los colonizó con microbiota de ratones obesos o delgados. Durante varias semanas, los que recibieron el donante obeso ganaron una cantidad significativa de grasa. Aquellos que se volvieron obesos también fueron colonizados por firmicutes, una bacteria ahora asociada con un control deficiente del peso. Este experimento ahora se ha reproducido en humanos (Vrieze et al, 2012). El último estudio mostró cómo la microbiota intestinal de donantes delgados cuando se trasplanta a hombres con síndrome metabólico mostró mejoras en la sensibilidad periférica a la insulina sin una diferencia en la composición de la dieta.

Hay algunos aspectos adicionales del autismo que pueden estar relacionados con la microbiota (por ejemplo, ansiedad), pero la evidencia de que sea un factor en el autismo es periférica. Lo que tenemos hasta el momento son correlaciones intrigantes que sugieren la necesidad de más estudios. En términos de aplicaciones inmediatas, necesitamos pruebas de respuesta rápidas y específicas para describir nuestra microbiota mientras que los clínicos deberíamos de enfatizar el uso de antibióticos de espectro estrecho en la práctica clínica.

Referencias

Casanova MF. Autism Updated: Symptoms, Treatments and Controversies. Amazon Publishing, 2019.

Iron and autism.

Magnesium and autism.

Benefits of a fiber diet for autistic individuals.

Abdominal pains and migraine in autism.

Exercise and autism.

Autism and the sedentary life.

Qiao Y, Wu M, Feng T, et al. Alterations of oral microbiota distinguish children with autism spectrum disorder from healthy control. Scientific Reports, article number 1597, 2018.

Rosen NJ, Yoshida CK, Croen LA. Infection in the first 2 years of life and autism spectrum disorders. Pediatrics 119(1):e61-69, 2007.

Strati F, Cavaleri D, Albanese D, et al. New evidence on the altered gut microbiota in autism spectrum disorders. Microbiome 5:24, 2017.

Swanson H. Drug metabolism by the host and gut microbiota: a partnership or rivalry? Drug Metabo Dispos 43(10): 1499-1504, 2015.

Turnbaugh PJ, Ley RE, Mahowald MA, et al. An obeity-associated gut microbiome with increased capacity for energy harvesting. Nature 444:1027-1032, 2006.

Vrieze A, Van Nood E, Holleman F, et al. Transfer of intestinal microbiota from lean donors increases insulin sensitivity in individuals with metabolic syndrome. Gastroeneterology 143(4):913-916, 2012.

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